La Rosa del Camino

El domingo salí temprano de casa con la intención de unirme al grupo de ciclistas que se reunen en el Zócalo.  Saqué la fiel bicicleta de acero y me fui apenas comenzaba a clarear el día. Pero al llegar a la plancha del Zócalo no había ningún ciclista, solo una joven mujer que lanzaba una pelota a su perro. Aunque pensé esperar, mi sexto sentido se percató de lo que estaba rodando cerca de allí.

Por la Avenida 5 de Mayo circulaba el taquero con las tortillas y los tacos de canasta. Casi podía ver el frasco con los chile jalapeños en escabeche. Metí pie al pedal y cuando estaba a punto de meter la mano en la canasta, algo me detuvo.
  
 Ante mis ojos encontré una limosina amarilla. Tenía que ser la misma del día del desfile, pues jamás he visto otra con rack de bicicletas en el toldo. Alcancé a ver que en su interior iba una rosa y una margarita, una y otra dulce y hermosa mujer. Por un instante intercambiamos miradas y el suelo se movió debajo de mis pies.
  
 El vehículo dio vuelta y se perfiló hacia la Avenida Reforma. Traté de darle alcance, pero se  atravesó un microbus. Después se paró el motor del microbus y no quiso dar marcha y los pasajeros se bajaron para darle un empujón. Sólo después de arrancar permitió que continuara la circulación.
 
 Me hice sombra con la mano y traté de distinguir por donde se fue la limosina. Llegué a la Calzada de Guadalupe y distinguí un grupo de ciclistas que se encontraba detenido. Quizás ellos me podían dan señas en la dirección correcta.
  
 ---¡Hola vatos! ---saludé---, ¿no vieron pasar una limosina amarilla?
  
 ---Hola Nepo ---contestó uno y apuntó con el dedo índice a la llanta delantera de mi bicicleta---: Vienes ponchado.
  
 Me sorprendió su familiaridad y su conocimiento de mi nombre. Pero al mirar la llanta, vi que tenía razón. Y antes de que pudiera bajarme de la bicicleta, se acercó, quitó la llanta y comenzó a desarmarla.

  
   ---Esto tiene que quedar bien ---dijo---, en nuestro grupo nadie poncha dos veces.
  
   Sacó del bolsillo de su jersey un detecta metales y comenzó a recorrer la rueda hasta que se escuchó una chicharra.
  
   ---Aquí está.
  
   ---Yo no veo nada.
  
   Sacó un lente de joyero y se lo colocó en el ojo.
  
   ---¡Bisturí!
  
   Hizo una pequeña incisión y con unas pinzas médicas extrajo un pequeño alambre del grosor de un cabello de ángel.
  
   ---¡Ahá! Un alambre de molibdeno.
  
   ---¿Un qué?
  
   ---Un alambre para perforar llantas de bicicleta. Los vendedores de coches lo riegan en el camino para sacar de circulación a los ciclistas.
  
   ---Yo no sabía eso....
  
   ---Hay muchas cosas que tú no sabes.
  
   ---¿Pero no viste pasar una limosina amarilla?
  
   ---¿Con cascabeles en las llantas?
  
   Asentí con emoción.
  
   ---Sí, ahá. Se detuvo aquí adelante. Mira, ya está tu llanta.
  
   ---¿Y bajaron de la limosina dos bellezas con sus bicicletas?
  
   ---Claro. Y van para Temascalapa.
  
   ---Pues, ¡vámonos!
  
   Minutos después rodábamos sobre la autopista que conduce a Pachuca, con destino a Temascalapa.

  
   El paisaje es árido, la tierra tepetate. Lo que en tiempos de Tollan fuese un bosque de árboles de tule milenarios, se ha convertido en un desierto donde sólo sobreviven algunos pirules ---y eso tan sólo porque que carecen de cualquier valor comercial. ¿Acaso no tenemos memoria? Cada día tenemos más y más coches y quemamos más y más petróleo.
  
   Entonces me detengo sobre el camino. Algo ha llamado a mi atención. Pasan rodando El Líder, El Tío, Juanito, y El  Doc y me quedó sólo en la autopista.


  
   Sobre el camino se encuentra la más hermosa flor que he visto. Levanto la rosa y la llevo a mi nariz. Su fragancia es el sudor de una mujer hermosa.